Por: María Fernanda Villadiego Burbano
Asesora de Comunicaciones – Jefatura de Intereses Marítimos y Fluviales
Armada Nacional de Colombia

En conversación con Jesús Aldana Mendoza, arqueólogo asesor de la Dirección General Marítima – DIMAR, exploramos qué cambia cuando el pasado no está enterrado bajo capas de suelo, sino suspendido en agua salada, a decenas o cientos de metros de profundidad.
En tierra firme, el arqueólogo excava con sus manos y herramientas. En el mar, cuando la profundidad lo permite o dentro de un sumergible, simplemente flota. Esa es la primera gran diferencia, aunque no la única.
María Fernando Villadiego: Jesús, ¿cambian los sentidos bajo el agua? Porque en el patrimonio terrestre, el tacto es directo; bajo el agua hay neopreno, cristal o un sumergible. ¿La falta de gravedad cambia la forma en que un arqueólogo “siente” un objeto?
Jesús Aldana: Sí. El objeto y el contexto arqueológico se perciben de forma distinta. En tierra, el cuerpo pesa. Bajo el mar, la flotabilidad permite casi “volar” sobre el sitio.
En una excavación terrestre, el arqueólogo se acerca al hallazgo de manera frontal, capa por capa. Bajo el agua, el movimiento es tridimensional. Se puede rodear un naufragio completo, observarlo desde arriba, desde un costado, desplazarse sin tocar el fondo. La flotabilidad positiva nos permite casi que volar sobre los sitios de interés.
Esa libertad cambia la forma de formular preguntas. El yacimiento deja de ser una superficie que se excava y se convierte en un espacio que se navega.
M.F.V. Entonces, ¿es el océano un mejor conservador que la tierra? Lo pregunto porque mientras el aire y el sol desgastan las estructuras en superficie, el lodo marino puede preservar madera y seda por siglos. ¿Es el océano una cápsula del tiempo adecuada?
J.A. En condiciones óptimas, sí puede preservar materiales orgánicos durante siglos. La madera, las cuerdas o el cuero sobreviven en ambientes donde en tierra firme desaparecerían rápidamente. Pero no es un congelador perfecto, no serían una ‘cápsula del tiempo’ en estricto sentido.
El mar transforma. La presión, la salinidad, las corrientes y la acción humana modifican los objetos. Aun así, muchos naufragios conservan información histórica que no existe en ningún otro lugar.
En tierra, el deterioro suele ser visible y progresivo. Bajo el agua, la preservación depende de variables químicas y físicas mucho más complejas.
M.F.V. ¿Es el arqueólogo subacuático un explorador espacial? Investigar el patrimonio sumergido requiere robots (ROV), mezclas de gases y trajes especiales. ¿Es el equivalente moderno a un explorador espacial?
J.A. Hay similitudes tecnológicas. Ambas disciplinas se desarrollaron con fuerza en el siglo XX y dependen de equipamiento especializado. Pero hay una diferencia clave: el trabajo es colectivo. El arqueólogo no actúa nunca solo, y menos trabajando bajo el agua. Mientras que en tierra un equipo puede operar con herramientas manuales y técnicas relativamente accesibles, en el mar profundo se necesitan ingenieros, geofísicos, buzos técnicos y operadores de robots. La arqueología subacuática es, por naturaleza, interdisciplinaria.
M.F.V. ¿Cómo se mapea lo invisible? Entendiendo que en tierra usamos drones; en el mar, sonar. ¿Qué significa “ver” con los oídos?
J.A. En superficie, la observación es directa. En el fondo marino, muchas veces la visibilidad es mínima o nula. Para prospectar a cientos o miles de metros se utilizan sensores remotos.
El sonar de barrido lateral emite pulsos acústicos que rebotan en el fondo y regresan como datos. El sonido, irónicamente, puede observarse.
En tierra, el mapa se dibuja a partir de lo que se ve. En el mar, a partir de lo que se escucha. Esa diferencia cambia por completo la forma de concebir un contexto arqueológico.

M.F.V. Para poner en contexto a los lectores ¿qué nos dice una vasija antigua hoy? En un mundo enfocado en la tecnología, ¿qué puede enseñarnos un ancla oxidada o una vasija de barro?
J.A. Todo. El pasado atraviesa todo lo que somos hoy en día. La arqueología terrestre y la subacuática comparten algo esencial: ambas buscan entender cómo las decisiones del pasado moldean el presente.
Una fortificación en tierra o un barco hundido bajo el mar son testimonios de elecciones humanas. Tecnología, comercio, guerra, migraciones. Nada ocurre en aislamiento. Las innovaciones actuales solo se comprenden a la luz de las anteriores.
M.F.V. Para finalizar, si pudiera elegir su oficina, ¿preferiría una excavación en tierra o en el fondo del océano?
J.A. En el mar. No hay nada más privilegiado que sumergirse y comprender que aquello que hicieron nuestros antepasados se preserva tantos años después.
En tierra, el arqueólogo descubre. Bajo el agua, además, contempla. El entorno impone silencio, presión y distancia. El vínculo entre humanidad y agua se vuelve evidente. Dos arqueologías, un mismo propósito.
La arqueología terrestre trabaja con capas de suelo, exposición al clima y una relación directa con el objeto. La arqueología subacuática opera en un ambiente hostil, mediado por tecnología y leyes físicas distintas.
En tierra, el pasado se desentierra. Bajo el mar, el pasado se navega. Ambas buscan lo mismo: entender quiénes fuimos para comprender quiénes somos.
Pero bajo el agua, el pasado no solo se estudia. También se escucha.


