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La historia íntima de un cabo del galeón San José

Por: María Fernanda Villadiego Burbano

Jefatura de Intereses Marítimos y Fluviales – Armada de Colombia

Hay cosas que el mar no devuelve, las guarda. Las envuelve en silencio, en frío, en una calma tan profunda que parece olvido, pero no lo es. Es otra forma de memoria. Más lenta. Más densa. Más paciente. Allá abajo, donde la luz no llega y el tiempo es diferente, los objetos no mueren del todo. Se transforman. Esperan. Se aferran a lo que fueron, como si supieran que algún día alguien volvería a mirar.

Y entonces, entre hierro, sedimento y siglos, aparece un cabo. Una cuerda. Un fragmento mínimo que, contra todo pronóstico, sigue contando algo.

Cuando el equipo científico comenzó la limpieza del cañón recuperado del galeón San José durante la segunda fase del proyecto de investigación, no esperaba encontrarse con algo tan humano. Allí, adherido a la culata, como si aún cumpliera su deber, apareció el cabo, discreto, persistente, vivo a su manera.

La conservadora y restauradora del patrimonio cultural, Carla Riera Andreu, lo explica con precisión, pero también con asombro: “estos hallazgos son posibles gracias a condiciones muy específicas del entorno marino. En sedimentos finos, saturados de agua y con ausencia de oxígeno, lo que se conoce como un ambiente anóxico, la actividad biológica disminuye y permite que materiales orgánicos, como la madera o las fibras, conserven su forma a lo largo del tiempo”.

Es casi un milagro científico, pero no un milagro intacto porque, aunque la forma permanece, la esencia cambia. La cuerda que alguna vez fue fuerte, flexible y resistente, hoy es frágil. Si se secara sin control, se contraería, se deformaría, desaparecería. El tiempo no pasa en vano, solo cambia de ritmo.

Este pequeño fragmento de cuerda trenzada nos revela algo más grande; el lecho marino donde descansa el galeón San José guarda condiciones ideales para preservar otros materiales orgánicos. No solo cuerdas, también madera, textiles, cuero, incluso objetos cotidianos como zapatos, bolsas o fragmentos de vestimenta. Es decir, no solo estamos ante restos de un barco, sino ante rastros de vida, porque ese cabo no estaba ahí por casualidad.

Formaba parte del sistema que aseguraba los cañones durante la navegación y, más aún, en combate, recordando que esos cañones son estructuras de hasta dos toneladas. De ahí lo sorprenderte de este cabo, conformado por cuerdas diseñadas para resistir el retroceso violento de un disparo, para sostener lo imposible sin grúas ni tecnología moderna. Solo con conocimiento, técnica y manos humanas.

Y hay más. En el mismo cañón se encontraron huellas, marcas curvas, relieves que parecen congelar el movimiento de la cuerda en el tiempo. Una de ellas, incluso, recuerda el extremo deshilachado de un cabo, abierto como una flor. Como si el objeto, en su despedida, hubiera decidido dejar su firma.

Desde el momento en que el galeón se hundió, comenzó otra historia. Una lenta transformación, una conversación silenciosa entre los materiales y el mar.

“El barco, que alguna vez tuvo cubiertas, estructura y orden, empezó a descomponerse. A caer capa por capa. A convertirse, poco a poco, en un arrecife efímero, habitado por organismos que lo colonizaron, lo consumieron y lo transformaron. Tres siglos después, lo que queda no es solo ruina, es un archivo vivo que exige cuidado extremo”, aseguró Carla Riera.

Actualmente, el cabo se encuentra en proceso de conservación. Para Mariana Carulla, restauradora especializada en patrimonio cultural sumergido, “el tratamiento inicia con la desalación, un paso clave para eliminar las sales acumuladas. Luego vendrán procesos más complejos que permitirán estabilizarlo y, eventualmente, exhibirlo”.

Pero hay una advertencia clara, si no se conserva adecuadamente, el objeto se deforma, se deteriora y desaparece. Así de frágil es la memoria cuando emerge del agua y, sin embargo, hay algo profundamente bello en todo esto. Porque más allá del objeto, está lo que representa.

Ese cabo fue usado por alguien que tensó esa cuerda con fuerza, que confió en ella en medio del movimiento del mar, del ruido de los cañones, del vértigo de la batalla. Para Mariana Carulla, tener el cabo en las manos “es un honor, no solo por lo que revela sobre la tecnología naval de la época, sino por lo que nos acerca a las personas detrás de la historia. A su ingenio, a su oficio, a su vida cotidiana, porque al final, este no es solo un hallazgo arqueológico: es un puente, un hilo, literal y simbólico, que conecta nuestro presente con un instante suspendido hace más de 300 años y que, contra todo pronóstico, decidió no romperse”.

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